EL NIÑO HA MUERTO Y LOS GALLOS TAMBIÉN

"Es la muerte que nos acecha,
majestuosa presencia,
cautivante sonrisa fresca.
El niño está muerto.
Y los gallos son humanos"

Un piano gritaba ya en el año 1985 desde el primer disco de una banda llamada Los Estómagos, con el agonizante título de "Tango que me hiciste mal". Entre canciones de rock que sonaban como gritos desgarradores brillaba "Areanistán", un lamento en solo de piano tocado por el bajista, Fabián (Hueso) Hernández, quien así presentaba su otra faceta.

En el año 1991 el piano reía como El Enano Jocoso de la Muerte, y a los dedos de Fabián Hernández se agregaba la garganta y la poesía de Marcelo Márquez.

Ese enano jocoso, ese niño engendrado por un músico que fue parte de una de las bandas más emblemáticas de los '80 y por un joven poeta maldito que vomitaba versos oscuros, murió. "El niño está muerto, y los gallos son humanos".

En el año 1994 los Gallos Humanos trajeron al mundo a su loca criatura. "Animaladas nocturnas" fue su primer disco, y tambièn el último. Ese disco vibraba como un embrión fuera del útero, con la crudeza de mil palabras lastimadas, rompiendo los esquemas del repetitivo rock uruguayo. No era rock en su forma, pero en su esencia era más rockero que ningún otro disco, con once canciones que describían sensaciones oscuras, sanguinolentas, frías, pesadillezcas. Sobre un piano limpio bailaba ella, coqueteando entre las estatuas, sedienta y puta, con amargos deseos animalescos bajo la pálida luz de una luna llena, pero siempre exitante: la ansiada muerte. No se trataba de un disco conceptual, sino de una banda conceptual. No hay nada más humano que pensar la muerte, no hay nada más punk que pensar gallos humanos.

Entonces llegó otra muerte y una esperada resurrección. En el año 2000 los Gallos Humanos volvieron, reencarnados en una banda. Al dúo original formado por Fabián Hernández y Marcelo Márquez se sumaron Diego Ponciano en bajo y guitarra y Fernando Mariott en batería. Grabaron un único demo con tres canciones que no pasó desapercibido, entre el furioso grito de "No te lastimes", la sensual suavidad de "El deseo" y la húmeda visión de "Ojos de cristal". Los años no pasaron en vano, y aquella insolente poesía casi adolescente cobraba sentido y mantenía una gran vigencia en ese "desespero de ser una mierda", la infatigable metáfora de la muerte constante.

Como si fuera necesario cerrar un círculo, los Gallos Humanos han muerto. Su espíritu sobrevive en cada play que reproduce sus grabaciones. Será imposible olvidar a Marcelo Márquez sobrevolando escenarios, cayendo en picada y danzando sobre esos miles de rostros sorprendidos con cada nuevo show, rompiendo obstáculos a su paso y dejando marcadas para siempre sus propias huellas, para jactarse con la desafiante soledad de un poeta maldito que muerde su locura.

Los Gallos Humanos han muerto, pero nadie ha salido lastimado. Es una muerte silenciosa que sella una etapa. Marcelo Márquez dejó plasmada su obra, y cual Rimbaud posmoderno partió hacia otro país. El piano de Fabián Hernández sigue gritando y aún tiene mucho por decir.
Los Gallos fueron Humanos y en su muerte ya antes resucitada se cierra un ciclo, se cierra un concepto, se cierra un puño.

Lorena Bello