FABIAN HERNANDEZ, EX INTEGRANTE DE ESTOMAGOS
El canto innovador de los gallos

Fui testigo privilegiado de las primeras presentaciones de Los Estómagos. Recuerdo una fría noche desembarcando en Pando junto a un pequeño grupo de amigos. Cuatro jovencísimos músicos aturdían el espacio semivacío del Centro de Protección de Choferes de aquella ciudad. Con el tiempo, tuve con ellos una relación más vocacional que profesional. Una complicidad compartida hacia un hecho estético y creativo. Fabián Hernández, ‘El Hueso’, bajista y compositor, fue junto a Gustavo Parodi responsable directo del sonido ‘Estómago’. Hoy Fabián vuelve con sus Gallos Humanos, reconvertidos ahora en un cuarteto. Un paseo por la historia y por la que comienza a escribirse.

Habiendo sido parte esencial del sonido de Los Estómagos, quizás seas el personaje del que menos cosas se sepan. ¿No te sentías un poco en segundo plano?

-No. Yo no me sentí nunca de esa manera dentro de Los Estómagos. Mientras estuve en la banda y sobre los escenarios, nunca tuve esa sensación.

Pero siempre dejaste que otros fueran los voceros.

-Sí, pero nunca dejé de manifestar mis razones, ni dejé de poner en claro que participaba en las decisiones creativas de la banda. Sobre todo esto último. Siempre se aclaró que la música en el grupo se hacía entre Gustavo [Parodi] y yo, y que las letras eran en un ochenta por ciento de Gabriel [Peluffo] y luego alguna de Gustavo y mía.

¿Qué aportaba Gustavo Mariott en aquellos primeros momentos de Los Estómagos que no aportaron los otros bateristas posteriores?

-Gustavo Mariott fue ‘el’ baterista de Los Estómagos, y las cosas cambiaron cuando se fue. Lo cierto es que como base rítmica nos entendíamos muy bien. Él tenía un estilo peculiar de tocar la batería. Podría haber llegado a tocar mucho más en cuanto al dominio de la técnica, pero estilísticamente tenía un toque propio, algo que no tuvieron los demás bateristas.

¿No crees que Baroncini aportó una ‘profesionalidad’ que a ustedes les estaba faltando en los comienzos?

-Era muy profesional, claro que sí. Pero también es cierto que sacó un poco para otro lado la parte rítmica de la banda. Porque él tenía su estilo, que no tenía absolutamente nada que ver con lo que veníamos haciendo con Mariott anteriormente. Su entrada cambió la parte rítmica de la banda, pero también aprendimos cosas. Baroncini era el más profesional de todos: por edad y experiencia aportó cosas importantes y no nos olvidemos que con él grabamos nuestro segundo disco, que fue nuestro pico más alto de popularidad.

Sí, pero también es cierto que con el paso del tiempo y a pesar de que el segundo disco tuvo un gran suceso, el disco clave de Los Estómagos sigue siendo Tango que me hiciste mal.

-Personalmente, como trabajo integral, sigue siendo el disco que más me gusta, pero hay cosas que me agradan de todos los discos de Los Estómagos. Hasta el último trabajo hubo cosas valiosas e interesantes que por lo menos a mí me gustan mucho.

Y en esos últimos discos se comenzaba a perfilar el sonido que más tarde desarrollarían Los Buitres.

-Claro, porque ahí ya se desarrollaba una lucha interna entre un sonido y otro. A Gustavo le parecía que hacia ese lado teníamos que ir y yo no estaba tan de acuerdo con eso. El sonido se fue cerrando, perdimos riqueza sonora y perdimos creatividad por someternos a un sonido particular. Finalmente, esa lucha de criterios terminó siendo la causa de la separación de la banda. No se quiso reconocer que la riqueza creativa de un grupo como Los Estómagos venía justamente de la diversidad. Gustavo y yo hacíamos la música y éramos dos cabezas diferentes. Era interesante la manera de complementarnos, la forma en la que trabajábamos. Cuando nos cerramos demasiado pensando que uno tenía la razón y el otro no, la banda comenzó a declinar.

¿Eran conscientes de que estaban hablando y haciendo una obra para una generación?

-Éramos conscientes de que lo que hacíamos le importaba a bastante gente que nos manifestaba su apoyo. Gente que nos seguía y que estaba de acuerdo con nuestras ideas y planteos, pero tanto como estar conscientes de ser los portabanderas, el estandarte de determinada generación, no. No había una conciencia clara de eso.

¿En aquellos momentos no se sentían un poco aislados? Ustedes surgieron en un momento en el cual imperaban otras tendencias musicales, propias de la conflictividad política del país. Además eran de Pando.

-En realidad, sobre todo cuando empezamos nos sentíamos muy solos. Éramos los únicos representantes de una cosa que recién nacía. Después estuvimos más acompañados porque surgieron otros grupos enriqueciendo el fenómeno y se diluyó esa sensación de aislamiento. Paulatinamente también nos fue acompañando la gente, lo que ayudó a que no nos sintiéramos tan solos en ese camino. Siempre pensé que toda banda que trabaja sobre un concepto innovador o revolucionario, que marca un cambio, empieza a trabajar cerrada como una célula y se retroalimenta hasta que crece lo suficiente como para eclosionar. Y eso fue lo que nos pasó a nosotros. Tal vez nuestro aislamiento era también geográfico, aunque cuando salimos y debutamos con el grupo, la gente que nos comenzó a apoyar era de Montevideo.

¿El punk les cambió la cabeza?

-Sí, realmente nos cambió la cabeza. Nosotros mamamos de ahí. Ya para el primer disco comenzamos a escuchar otras bandas y a recibir su influencia. Los Cure, Joy Division y otras bandas que para nosotros eran todas nuevas. Tuvimos una etapa de punkitud muy fuerte, que no está registrada.

Pero ‘La Barométrica’ es un tema punkie de pies a cabeza.

-Sí, pero no quedó registrado en disco, salvo la actuación en la televisión, en el programa Plop.

¿Te atreverías a decir que fue el primer tema punk uruguayo, o por lo menos el primero que se dio a difusión?

-Nosotros hicimos otros temas punkies antes de ‘La Barométrica’; incluso hicimos versiones de algunos clásicos de grupos ingleses a los que les cambiábamos las letras para cantarlos en español.

¿Qué recuerdas de el día en que fueron a Plop, en los estudios del Canal 12, a grabar aquella canción?

-Me acuerdo de que nos llevaron como un fenómeno raro... Nos tomaron un poco como eso, pero también recuerdo que despertamos cierta simpatía en la mayoría de la gente del elenco que estaba ahí. Sin embargo, el personal técnico no entendía mucho y nos miraban como a bichitos raros. Pero la gente del elenco estuvo muy amable y nos dieron algún consejo de cómo pararnos sobre el escenario entre las luces. Aun cuando nuestra actitud era muy irreverente, tal como correspondía a una banda punk en ese momento, la actitud era de respeto.

¿Y del Festival de la Canción de San José, cuando ganaron con la versión de ‘Camabalache’? ¿Cómo llegó Andy Adler a participar de esas actuaciones y a ser un quinto Estómago por un tiempo?

-Andy fue un quinto Estómago. Lo fue aunque creo que nunca se adaptó al ritmo de trabajo de la banda y creo que fue una de las causas que lo llevó a dejarla. Creo que él lo dijo años más tarde. Nosotros trabajábamos bastante vertiginosamente; nos gustaba traer un tema, por lo menos en los comienzos, y hacerle los arreglos, agregarle las voces y en un ensayo terminarlo.

¿Qué significó la figura de Alfonso Carbone para Los Estómagos?

-En su momento fue la persona en la que nosotros depositamos toda nuestra esperanza para seguir adelante con el grupo. Teníamos prometido un disco que tardó muchísimo en llegar y que nos llevó muchas horas de estar en la antesala de su oficina. Pero finalmente creo que cumplió. Salió un disco y luego otro. Creo que fue gracias a Carbone. Si no hubiera estado él, no sé si hubiésemos llegado a grabar nuestro primer disco con Palacio de la Música.

Ya hemos hablado de algunos discos, pero ¿qué actuaciones destacarías particularmente?

-Me acuerdo de momentos diferentes. Recuerdo una primera etapa de recitales que se hicieron en el Lacy Ranch de Pocitos, donde iban a vernos unas cien personas y había una gran efervescencia, a pesar de la equipación precaria. Existía una comunicación total con el público. También recuerdo la etapa de mayor popularidad del grupo a partir de nuestro segundo disco. Llegamos a tocar con una frecuencia de cuatro o cinco veces semanales, de jueves a domingos. Fue una etapa muy rica e intensa. Y luego, años más tarde, recuerdo la etapa del ciclo de conciertos del Cabaret Voltaire en el Teatro del Anglo, una de las experiencias más ricas en cuanto a la calidad organizativa y al proyecto de integración con la plástica y otras artes.

¿Y el debut en el Centro de Protección de Choferes de Pando ?

-Del debut me acuerdo de recibir el apoyo de poca gente y de ser mirados como bichos raros. La gente nos miraba extrañada, sin entender nada.

Entre los primeros seguidores había pintores, artistas plásticos, gente de prensa, poetas, algunos estudiantes de medicina hoy ya médicos...

-Desde un principio ese pequeño grupo de personas fue un respaldo y fue creciendo. Ese apoyo casi intelectual de todo ese núcleo nos hacía sentir halagados. Sabíamos que había un grupo de personas interesantes e interesadas en la banda, un grupo de personas que a mí particularmente me gustaba ver ahí abajo desde el escenario.

Otro momento importante para Los Estómagos fue la actuación en el primer Montevideo Rock.

-Claro. Fue el primer megaespectáculo en el que intervinimos. Era una sensación muy rara. Desde el escenario la gente se veía muy pequeñita y muy distante, una sensación muy diferente a la que habíamos tenido hasta entonces con el público en teatros y bares. En el escenario grande recibías la respuesta del público más tardíamente, era otra cosa. Luego vinieron los Chateau Rock de la ciudad de Córdoba, pero ya eran los finales de la banda y la experiencia resultó un tanto ambigua.

¿El grupo se separó en el momento justo?

-No había posibilidad de conciliar los ánimos, y hubiera sido una lástima seguir por un camino de chatura. Yo considero que una banda siempre debe estar aportando cosas. De seguir con el grupo, Los Estómagos no hubieran creciendo artísticamente, habría sí habido discos nuevos pero no sorpresas. Hay gente que funciona en un sistema, que logra un determinado sonido, una determinada forma de componer, de comportarse y de estar, y se conforma con eso. Pero no es mi aspiración, tal vez sí la de otros. Gustavo [Parodi] es un guitarrista excepcional y que hacía cosas interesantísimas, pero a medida que pasaba el tiempo iba dejando de hacerlas; se iba encerrando cada vez más en un sonido de distorsión de guitarras, que tampoco estaba mal, pero yo no quería únicamente eso. A mí me pareció que eso justamente fue querer ir hacia atrás...

¿A partir de qué disco Los Estómagos comenzaron a estancarse?

-A partir del tercer disco se ve claramente esa tendencia, ése que tiene la muñeca en la tapa.

¿Y tu cabeza hacia dónde iba? ¿Hacia dónde están Los Gallos Humanos en el presente?

-No exactamente hacia ese lado. En realidad, yo no tenía un camino claro entonces, pero sí tenía ideas, ganas de hacer cosas, de probar bajos diferentes en los ensayos. No te puedo hablar de un estilo o de un sonido definido, pero sí tirar puntas y ver de dónde salían cosas interesantes para aportarlas y trabajar sobre ellas. Y cuando ya no pude hacer eso se perdió la gracia.

¿Te dolió el fin de la banda?

-Me dolió sinceramente. Hubo circunstancias no del todo claras. La banda se disolvía y habían ensayos a mis espaldas, cosas un poco turbias que no correspondían a lo que se había hablado en su momento. Eso me dejó más descontento aún. Hubo gente que me invitó a hacer cosas y estuvimos ensayando, pero finalmente no me convencieron.

Desde el fin de Los Estómagos hasta el comienzos de Los Gallos, ¿cuánto tiempo estuviste sin hacer nada?

-No manejo tiempos exactos, pero creo que unos tres años. Hice algún intento pero paré. Y fue cuando empezamos con Los Gallos Humanos que volví a hacer algo nuevamente sobre los escenarios.

¿Cómo te ‘conectaste’ con Marcelo Márquez y a darle una gran importancia a los textos desarrollando ciertos aires tangueros en los teclados, con posturas dadaístas y elementos propios del cabaret?

-Una vez que se disuelven Los Estómagos paso a tocar con mayor asiduidad el piano. Así me reencuentro con el sonido acústico y vuelvo a componer sin tener aún claro qué iba a hacer con todo eso. Casualmente conocí a Marcelo, quien también tenía inquietudes musicales y conocía lo que yo había estado haciendo anteriormente con Los Estómagos. Tenía también la idea de formar una banda, incluso había estudiado batería, y un día me cuenta que escribe y me trae sus poemas. Me encantaron. La fuerza de los textos y la personalidad de Marcelo me atraparon desde un comienzo. Ahí nacen Los Gallos Humanos.

Todo ese elemento de literalidad, ¿proviene solamente de Marcelo o es una cosa que ya tenías? Salvando las diferencias, entre sus textos y algunos temas de los primeros Estómagos hay muchos puntos en común.

-Marcelo trae todo un universo en sus poemas y en su forma de hablar. Para mí es un mundo fantástico de maravillas y pesadillas, un mundo interior que me fascina. En cuanto a la cercanía entre los textos de Marcelo y Los Estómagos, claro que hay acercamientos. El primer disco de Estómagos es el disco en el cual se trata más lo propio, lo individual y lo interior. Marcelo también saca fuera un mundo interior y tal vez en ese punto está la mayor coincidencia.

Entre los primeros Gallos Humanos y los actuales, en los cuales están incorporando una banda, ¿cuáles son las diferencias? ¿Están en una búsqueda de sonido tratando de expandir el espectro musical?

-No nos despejamos completamente de la idea base; incluso hay temas de la primera época que se conservan, a los cuales le hemos hecho nuevos arreglos. Hubo un corte de cinco años por problemas de índole personal, pero la idea siempre continuó entre nosotros. Hemos buscado el momento oportuno y la gente apropiada para seguir, porque teníamos la idea de enriquecer la propuesta incorporando una base rítmica, un baterista y un bajista, y un guitarrista, tal como estamos en la actualidad. En la batería está Fernando Mariott, el hermano más chico de Gustavo, y Diego Ponciano, que es bajo y guitarra a la vez. Estamos muy entusiasmados con la grabación de un ‘demo’ promocional, la posibilidad de un video y salir a escena. Antes teníamos un concepto muy duro y austero, pero siempre estuvo la idea de armar una banda. Lo difícil era encontrar la gente adecuada, que tuviera un gusto estético y musical que coincidiera con el nuestro. En la primera etapa de Gallos Humanos éramos un dúo cerrado: el resto del mundo existía muy poco para nosotros.

¿Cuál pensás que es la línea divisoria entre el concepto de arte en sí y el concepto de mercado?

-Creo que no hay que perder de vista, por lo menos en mi caso, que uno quiere incursionar en lo artístico. Lo que uno tiene dentro es arte, tiene que ser volcado en forma de arte, y no es correcto cuando las cosas nacen de otra manera, cuando se trata de fabricar productos. Tampoco depende exclusivamente de la cantidad de discos que se comercialicen o de la cantidad de entradas que puede vender una banda, porque hay algunas que engloban una gran popularidad y son artísticamente muy valiosas. El caso más claro para mí es David Bowie, uno de los compositores que más admiro. Sin embargo, hay otra gente que vende discos y tiene popularidad pero con un producto que considero hueco, que no viene por el lado del arte. Viene por otro lado: es un sonido, un panfleto, una imagen, pero no arte.

¿Te sentís más cómodo como pianista?

-Me siento cómodo como músico. Me siento cómodo pudiendo componer, y el teclado es un instrumento muy apto para hacerlo. Tiene una polifonía y unas posibilidades que no te da el bajo, con el que estás más limitado. Pero el bajo es un instrumento que también me gusta mucho, aunque el sonido de Los Gallos esté marcado por los teclados. Estoy en esto por vocación. Desde muy chico la música ya me tiraba mucho. Considero que si uno tiene algo que decir y algo que hacer, si le parece que puede aportar algo, tiene la obligación de sacarlo fuera para que deje de ser una idea y se concrete en proyecto. Si un día se me terminaran el fuego creador, las ideas y el espíritu innovador, no sé si seguiría haciendo música. Yo podría estar debajo de un escenario si no tuviera algo importante que hacer allí arriba. No es subir por una cuestión de ego ni tampoco por una cuestión de estar simplemente en contacto con el público. Una vez Gonchi nos dijo que había que ser “el clavo en el zapato”. En aquel momento era mucho más comprensible entenderlo. Pero creo que siempre hay que tratar de llevar hacia nuevos caminos, innovar, cambiar, no permanecer nunca en el mismo lugar, y no dejar que la gente te alcance. Cuando están cerca hay que seguir y dar otro salto. Ésa es mi motivación y mi filosofía.

Esa falta de creatividad fue la que terminó con el rock de los 80. ¿Cuándo intuiste que esa llama se había extinguido?

-No sé si exactamente eso fue lo que terminó, o si fueron las actitudes equivocadas de parte de todos los que formamos el movimiento. Me da la sensación de que no supimos aprovechar los caminos que se habían abiertos en esos momentos. Hubo demasiada prisa por llegar. Pero sigo con la sensación de que no supimos aprovechar un sendero que se había abierto y una determinada infraestructura que estaba incorporándose. Nosotros mismos nos encargamos de que todo eso se viniera abajo. Por una actitud un poco necia e incomprensible... y bueno, cuando no hay propuestas nuevas y gente que venga con fuerzas y creatividad es cuando terminan los fenómenos de ese tipo.

En un primer momento había una especie de comunión entre los grupos, luego tirarían cada uno por su lado. ¿Sentiste cuando integrabas Los Estómagos, no la envidia pero sí una especie de resquemor del resto?

-En realidad no lo sentí. Sentí sí que había una rivalidad franca y sincera entre Los Traidores y Los Estómagos. Una quería ser mejor que la otra. Teníamos conceptos afines. Los Tontos estaban más afuera de eso. Me gustaban mucho Los Traidores. Me siguen gustando.

(Guillermo Baltar)